sábado, octubre 10, 2009


EL HUMO DE LA TRAGEDIA


«—Debo admitir —dijo el Oso, con una voz de hielo— que, ciertamente, siempre he visto a la muerte como una tragedia.
—Y estabas equivocado —dijo Paul—. Un accidente ferroviario es terrible para alguien que estaba en el tren o tenía un hijo en él. Pero en las noticias del día la muerte significa lo mismo que en las novelas de Agatha Christie, quien justamente fue el más grande mago de todos los tiempos porque supo convertir la muerte en entretenimiento, y no sólo una muerte, sino docenas de ellas, cientos de muertes, una cadena de muertes llevadas a cabo para regocijo nuestro en el campo de exterminio de sus novelas. Auschwitz ha sido olvidado, pero, desde el crematorio de las novelas de Agatha, el humo siempre se eleva hacia el cielo, y sólo una persona muy ingenua podría sostener que ese es el humo de la tragedia
».

Milan Kundera, La inmortalidad.


Hallado en el blog de Jonathan Rosenbaum. Traducción de Mariano Orosco Zumarán.

sábado, septiembre 12, 2009


UN DESTELLO BLANCO

“A veces, sin embargo, la soledad me punzaba el corazón. El agua que bebía, incluso el aire que respiraba, venían cargados de largas agujas de punta afilada. Las esquinas de las páginas del libro que sostenía en la mano me amenazaban con un destello blanco, como filos de una navaja de afeitar. A las cuatro de la madrugada, cuando todo estaba en silencio, podía oír cómo crecían las raíces de mi soledad”.

Haruki Murakami, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

domingo, agosto 23, 2009

EXPOSICIÓN "RIBEYRO: LA PALABRA ELOCUENTE"










Como siempre, hay más fotos en mi página de Facebook.

miércoles, julio 08, 2009


ENRIQUE CONGRAINS MARTIN
(1932-2009)

Debo a la lectura del mejor libro de John Irving, El mundo según Garp, el hecho de que ahora me encuentre escribiendo estas líneas. Fue esa formidable novela —que narra las peripecias de un huérfano de padre que se aboca a describir el mundo en textos cargados de tanta ironía y humor como realismo y dolor— lo que terminó de convencerme de que la decisión que había tomado poco antes era la correcta: me trasladaría a la escuela de Literatura (había ingresado a Psicología en San Marcos) a como diera lugar.


Por supuesto, entonces no sabía que, unos siete años después, terminaría abandonando las aulas sanmarquinas, desencantado no tanto de su sistema de enseñanza como de sus mediocres y/o aburridos profesores. Había descubierto que mi idea de culminar la carrera de Literatura, y ser tal vez crítico o profesor, no tenía el menor asidero en la realidad del San Marcos de fines de los años 80 e inicios de los 90. Como dicen (al menos para mis propósitos), estuve “en el momento equivocado en el lugar equivocado”.


Cuando ya me encontraba prácticamente fuera de la universidad, y la necesidad de conseguir un empleo se hacía cada vez más imperiosa, llegó a mis manos un aviso clasificado: solicitaban gente especializada en Humanidades para un proyecto editorial. Poco sospechaba al escribir mi carta de presentación (a mano, como indicaba el aviso) que sólo unos días después conocería a uno de los escritores peruanos más famosos, representante de la legendaria generación del 50 y, a la postre, editor.


En la estrecha oficina de San Isidro en que me recibió para entrevistarme, Enrique Congrains Martin —tan alto y calvo como cortés y expeditivo— me hizo unas cuantas preguntas ante las cuales hice evidente mi nerviosismo (era mi primer contacto con el mundo editorial y no me esperaba que mi probable jefe fuera una figura tan reconocida). Sin embargo, bastaron sólo unos minutos para que Congrains me hiciera empleado suyo. Pasaría mucho tiempo antes de que me diera cuenta de qué lo había hecho tomar esa decisión.


Ayer, cuando me enteré de su muerte en Bolivia, pensé en todo lo que acabo de describir. Y recordé su imponente presencia, su habilidad para los negocios, su firme creencia en que ningún conocimiento está más allá de nuestro alcance, y su afán por legar al mundo el primer diccionario multitemático contenido en un solo volumen, uno que presentara los temas más diversos (algunos nunca antes editados como diccionarios) de la manera más clara y amena. Desgraciadamente, el “Multidic” jamás llegó a las librerías.


El periodo en que trabajé para Enrique Congrains fue esencial para el desarrollo de mi vocación literaria. Si John Irving me había convencido de que era posible ser feliz escribiendo, y tal vez vivir de ello, fue Congrains quien, sin saberlo, me dio el espaldarazo final: él era la prueba viviente de que uno podía salir adelante siguiendo sus sueños, y llegar a una edad en la que muchos se jubilan haciendo realidad empresas que otros podrían considerar descabelladas.


Así, para bien o para mal, el año en que laboré para el autor de Lima, hora cero fue el de mi salida definitiva de San Marcos. Fueron diez rápidos meses, suficientes para estar seguro de que mi destino estaba en cualquier lugar menos en las aulas de su escuela de Literatura. Suficientes también para creer que lo que acabo de señalar fue lo que impulsó a Congrains a contratarme: la hoja escrita a mano que leyó antes de llamarme detallaba mi creciente desapego por la educación que se impartía en nuestra universidad más antigua.


Tal vez el escritor vio en mí a un alma afín, uno de aquellos seres descreídos de la educación
formal”, que prefieren mirar al mundo agazapados detrás de un buen libro o una oscura película. O quizá tuviera algo que ver en su decisión el nervioso trazo de mis palabras en mi carta de presentación (Congrains, entre tantas otras cosas, conocía mucho de Grafología). No sé. De lo único que estoy seguro en este momento es de que con su deceso se ha ido una etapa importante de mi vida.

Nos ha dejado el empresario más audaz que alguna vez tuviera el mundo de las letras peruanas. Se ha ido el autor de textos fundacionales para la literatura nacional. Ha muerto un gran escritor. Pero para mí ha fallecido un impensado mentor. Por ello, bien podemos decir que con la partida del creador de
“El niño de junto al cielo” y Kikuyo se han producido no una, sino muchas muertes, cada una más desoladora que la otra.

Sigamos haciendo lo que nos gusta, lo que llame nuestra atención o despierte nuestra curiosidad. No dejemos de escribir, pintar o dirigir. Terminemos por fin ese proyecto que alguna vez creímos irrealizable. Continuemos buscando y encontrando nuestros sueños. Mientras tanto, descanse en paz, Enrique Congrains Martin.

lunes, abril 27, 2009

SUMA Y SIGUE

















Hay más imágenes ajenas en mi último álbum de Facebook.


ROBAR PARA SER UNO MISMO

«Nada es original. Roba de cualquier lugar que te llene de inspiración o alimente tu imaginación. Devora películas antiguas, films nuevos, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones al azar, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, masas de agua, luces y sombras.

Elige robar sólo cosas que hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu obra (y robo) serán auténticos.

La autenticidad es invaluable; la originalidad, inexistente. Y no te molestes en ocultar tu robo, celébralo si hace falta. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard: "No es de dónde tomas las cosas, sino hacia dónde las llevas"».

Jim Jarmusch

Traducción de Mariano Orosco Zumarán

lunes, abril 06, 2009

PETER GABRIEL EN LIMA
(20-03-2009)










Más imágenes —como siempre, sin ningún retoque— en mis páginas de Facebook, Picasa, Flickr y hi5.

domingo, marzo 01, 2009


CARTA A UN AMIGO

Estimado Carlos:




No comparto tu parecer con respecto a la música de Pink Floyd ni tu aparente desdén por todo lo que no sean manifestaciones artísticas de origen hispano, o, en tu caso específico, indígena. Es decir, está bien que disfrutes de la música vernacular, criolla, autóctona o nativa —y todos los adjetivos que quieras añadirle—, pero pienso que eso no debe significar necesariamente dejar de lado el rock o cualquier otra muestra de arte foráneo.


Me da la impresión de que no conoces bien el arte de Roger Waters (recuérdalo, es ROGER WATERS —no "Walters" o "Rogers"—, y es inglés —no estadounidense, como decías en tu extrañamente desaparecido post anterior—), y por eso mismo opino que no eres la persona indicada para dar a entender que sus admiradores hacen largas colas por él y no por artistas oriundos. Son dos cosas muy distintas, pero a la vez similares, amigo. 



Sé de colas incluso más largas, muy comunes los fines de semana en Lima, cuando se reúnen los provincianos —y sus hijos, y sus nietos— para oír los huaynos de moda y los grupos de música chicha del momento. Y muchos de los que acuden a este tipo de presentaciones también hacen lo posible por acudir a conciertos de rock, eso me consta.

Por ello, mostrarnos de manera tendenciosa como gente triste que hace lo imposible por ver a un músico anglosajón, pero no a uno peruano (no lo decías textualmente en tu post anterior, pero lo sugerías) me parece de verdad deplorable. Sería interesante que volvieras a colocar ese post, decías tanto en él con tan pocas palabras, que casi me hubiera evitado escribir todo este largo comentario.



Tu post de hoy, el que comento a partir de estas líneas, es una buena muestra de tu visión sesgada de las cosas. Y te lo digo con todo respeto, amigo. Si no empiezas por conocer bien lo que vas a criticar, me parece que no lo deberías juzgar ni intentar hacer quedar mal a quienes no estén de acuerdo contigo. Y esto se siente a pesar de (o quizá también debido a) las postizas reflexiones acerca de los gustos y aficiones personales que intentas encajar en este post.

Otra cosa: nunca me pediste permiso para publicar la foto que pusiste en tu desvanecido post, aquel que llevaba como leyenda una mala traducción de las últimas frases de la primera parte de mi crónica. Tampoco has intentado siquiera escribirme antes de colocar la que ahora ilustra "Roger Waters? No Thanks, Peruvian Music in Miami".



En fin. Me despido agradeciendo de todos modos tu opinión con respecto a las dos partes de mi crónica (de una manera u otra, me sirves de caja de resonancia), y recordándote que nuestro país es uno lleno de contradicciones: puede tener el estadio más moderno de Sudamérica, pero exhibir sus instalaciones como la entrada a un campo de concentración; puede estar lleno de gente de color cobrizo, pómulos salientes y español masticado, pero ser gobernado por una minoría blanca relativamente culta; o puede tener la música más triste y hermosa (la ayacuchana), como la más alegre y vibrante (la criolla). Ese es mi Perú... y el tuyo también.

Mariano Orosco Zumarán

Nota: Este texto apareció en forma de comentario en el blog de Carlos Quiroz, también conocido como Peruanista, en marzo del 2007.


LO SIMPLE Y LO COMPLEJO


La historia es muy simple. El 12 de marzo del 2007, Roger Waters —ex líder de Pink Floyd, mi grupo de rock favorito— ofreció un espectacular concierto en Lima. Para mi sorpresa, la crónica que escribí al respecto tuvo muy buena acogida entre propios y extraños. De pronto, mi
blog era visitado por diez o veinte lectores más que los que normalmente revisan mis escasos posts. Para mí, definitivamente, la cosa pintaba bien.

Pero no todo fue color de rosa. Desde la tierra del Tío Sam, el ahora famoso Peruanista (Carlos Quiroz) puso la nota discordante: para él, los peruanos “tienden a admirar todo lo que sea foráneo” y “es obvio que la música extranjera sigue siendo la favorita de los limeños, más que nada por extranjera que por buena”. En pocas palabras, Quiroz hizo todo lo que estuvo a su alcance por minimizar el impacto de la visita de Waters... sin siquiera tomarse el trabajo de conocer la magnitud de la obra del músico inglés.

Por supuesto, numerosos fanáticos peruanos de la banda inglesa —algunos juiciosos, otros algo perturbados— le hicieron llegar sus apreciaciones. Yo me limité a recordarle que lo más lógico es no opinar acerca de lo que no se conoce y que las cosas no son tan simples como a veces quisiéramos que fueran. Quiroz respondió a todos matizando en parte su posición... y a la vez censurando innecesariamente muchos comentarios, entre ellos dos míos.

Ahora que Magaly Solier y sus gustos musicales vienen causando un absurdo revuelo en la blogósfera, tal vez sea bueno releer lo que escribí a Quiroz hace casi dos años. Colocaré dicha intervención en el siguiente post. Mientras tanto, cerraré esta nota señalando lo obvio: somos mucho más complejos de lo que pensamos y no tan distintos como creemos. Mientras menos seguros estemos de lo primero, más nos costará entender lo segundo. Tan simple como eso.

Nota: La fotografía que ilustra este texto aparece por cortesía de Alejandra Devéscovi y Verónica Klingenberger
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