SER ALGUIEN*
Oigo la voz de
mi padre bajo nuestra lámpara fétida de parafina. De noche, después de haber
comido cualquier guiso que tenía más de la imaginación de mi madre que de
enjundia, mi padre trazaba planes para mí, para que de alguna manera llegara a
pertenecer a algo distinto a ese vacío de nuestra triste familia sin historia
ni tradiciones ni rituales ni recuerdos, y la noche nostálgica se alargaba en
la esperanza de su voz que ansiaba legarme una forma, y la gotera insistente
que caía del techo en una bacinica lo iba contradiciendo empecinadamente.
Mi
padre me lo explicaba todo. Me lo exigía sin exigírmelo, con la vehemencia de
su mano tierna pero pudorosa que quería tocar la mía sin atreverse a hacerlo
sobre la carpeta bordada de mi hermana, que lograba disimular la ordinariez
pero no la cojera de nuestra mesa.
Sí, papá, sí se puede, cómo no, se lo
prometo, le juro que voy a ser alguien, que en vez de este triste rostro sin
facciones de los Peñaloza voy a adquirir una máscara magnífica, un rostro grande,
luminoso, sonriente, definido, que nadie deje de admirar.
Y como
compadeciéndome en mi empresa inútil, mi madre levantaba la vista por un
segundo para mirarme, y luego la volvía a concentrar en la enagua de alguna
ricachona de barrio que estaba remendando. Alguien. Ser alguien.
*Fragmento del capítulo 6 de El obsceno pájaro de la noche, la obra maestra de José Donoso (en la foto). El título y la disposición del texto corresponden al administrador de este blog.








































