miércoles, abril 25, 2012

LOLLAPALOOZA CHILE 2012: UN REPASO VISUAL

















Nota: están invitados a revisar estas y otras imágenes del festival en dos de mis álbumes de Facebook y en mi galería de Flickr.

viernes, marzo 09, 2012


ESPACIOS VACÍOS

Estaba oscuro por todos lados
Había nieve en el suelo
Cuando escaparon los tigres.
Y ni uno sobrevivió de los Fusileros Reales, Compañía C
A todos los dejaron atrás,
La mayoría muertos
Los demás, muriendo.
Y así fue como el Alto Mando
Me quitó a mi papá.

Cuando escaparon los tigres, de Roger Waters


Hace algunos años, poco después de la muerte de un tío muy querido, me encontré dialogando con un primo acerca del trance en que nos encontrábamos en ese preciso momento. "Hemos llegado a una edad en la que ya nos toca ver partir a nuestros seres queridos", le dije.

Me refería a que, al traspasar la barrera de los treinta años de edad, ya deberíamos acostumbrarnos —o sentirnos dispuestos— a despedirnos de las personas que nos vieron crecer o madurar, aquellos que directa o indirectamente influyeron en nuestro desarrollo como individuos.

Lo mismo vengo pensando desde hace un tiempo acerca de los forjadores de las obras de arte que me sirvieron para abrir los ojos de verdad ante el mundo, las creaciones en las que de alguna manera me apoyé antes de seguir avanzando en mi largo y sinuoso camino hacia lo que —para bien o para mal— soy actualmente.

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Hace unos días he visto nuevamente a uno de esos grandes creadores, el legendario Roger Waters. He tenido que hacer algunos malabares con mi presupuesto —dejando de lado compras previamente programadas— y viajar a otro país para apreciar su arte en vivo y en directo. Pero vaya que ha valido la pena.

Con su inagotable perfeccionismo, su constante búsqueda de nuevas maneras de recorrer un camino ya trazado por sus antecesores, Roger Waters —líder de Pink Floyd durante su etapa más gloriosa— siempre tuvo para mí un halo de grandeza, el aire de quien, muy seguro de sí mismo, mira siempre hacia adelante.

Eso mismo —mirar hacia adelante— hacía yo durante mi adolescencia, la época en que descubrí a Pink Floyd. Como todo jovencito, no hacía más que vivir mi vida tratando de disfrutarla con lo que tuviera a mi alcance. Y, junto con los libros y el cine, la música —sobre todo el rock— jugó un papel preponderante en mi formación.


Habrían de pasar muchos años para que me diera cuenta de que nada de eso —las largas jornadas de descubrimiento de tal o cual banda, las tardes de plática con los amigos en torno a las bondades de los discos del momento— hubiera sido posible sin el sacrificio de mis padres.

Mientras mi hermano mayor y yo dábamos la enésima vuelta a decenas de cassettes y elepés (casi todos prestados), y la estridente música se apoderaba de la casa, nuestros padres —cuando no estaban trabajando o asistiendo a un compromiso— guardaban el más respetuoso silencio.

Al menos así es como recuerdo esa época: por un lado, la mejor música del mundo, los grupos y canciones que daban sentido a mi vida; por el otro, el silencio, las fugaces siluetas de mis padres, siempre a punto de atravesar una puerta o de recorrer un pasillo, en un perpetuo tránsito hacia la oscuridad.

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Al fallecer mi padre —hace once años, de la manera más inopinada y dejando muchas preguntas sin respuesta, sobre todo en mis hermanos menores—, su silencio se hizo definitivo. Y poco a poco aprendimos a convivir con el recuerdo de sus actos, con la memoria de lo que dijo o no dijo cuando pudo o debió hacerlo.

Desgraciadamente, lo mismo ha de suceder con nuestros héroes particulares. Aquellos artistas —especialmente los músicos— que nos parecían eternos por el simple hecho de verlos ocasionalmente en las noticias y tener siempre a la mano sus creaciones (reeditadas innumerables veces), tendrán que enfrentar su destino.

Llegado el momento, para mí la ausencia más notoria no podrá ser otra que la de los cultores del denominado "rock clásico", porque esa fue la música con la que crecí, la que marcó el ritmo de mis pasos mientras crecía y aprendía a apreciar una de las expresiones artísticas más generosas, que brinda tanto a cambio de tan poco.



Así, los McCartney, Jagger, Dylan, Cohen —y un largo etcétera de "poetas, músicos y locos"— se unirán a los Lennon, Brown, Morrison y Cobain. Colgarán definitivamente los instrumentos que los hicieron grandes, escribirán las últimas líneas de sus eternas canciones y sabrán encontrar el momento ideal para partir, hundirse en las sombras y sumirse en el silencio.


Pero cinco hombres cuyos apellidos conocí desde mi preadolescencia —Barret, Wright, Mason, Gilmour y Waters—, con cuyas creaciones he llenado incontables horas de ocio o trabajo, tendrán siempre un lugar especial en mi vida. Porque me guiaron en medio de los más insólitos obstáculos y me acompañaron cuando me sentí más solo.

De estos cinco hombres, destaca nítidamente Roger Waters, porque, en no pocas ocasiones, él fue el único padre/compañero que tuve a mi alcance. En otros momentos, sus canciones —tan (im)perfectas como la vida misma— supieron dar la réplica a las reacciones de mi padre, completando su difuso contorno, iluminando sus murmullos o interpretando sus silencios.

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El concierto al que asistí hace dos semanas, espectacular en el sentido más amplio de la palabra, me ha servido para confirmar por enésima vez que Roger Waters es un genio como pocos. Mis hermanos y yo —en realidad, alrededor de medio millón de sudamericanos repartidos entre Chile y Argentina— hemos quedado plenamente satisfechos.

Ciertamente, no hemos podido quedar más contentos. Pero esta alegría ha venido acompañada del convencimiento de que esta tal vez sea la última gira del músico inglés. En su silueta, algo contrahecha, ya se dibuja claramente el paso de los años. Con casi siete décadas de vida, Waters ya tiene todo el derecho a descansar.

Ya toca despedirnos de él. Corresponde verlo entrar en sus cuarteles de invierno, y junto con él a varios de sus contemporáneos, aquellos que dieron forma y fondo a las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Les diremos adiós a todos ellos, pero nunca nos despediremos de Pink Floyd.



Porque para mí, para millones de adolescentes, los jovenzuelos que alguna vez fuimos, Pink Floyd fue el complemento ideal. Su música y su contundente parafernalia visual entraron en nuestras mentes para quedarse en ellas, acunadas por nuestras carencias, temores y expectativas.


Las ideas y creaciones de Syd Barret y Roger Waters —líderes de la banda en distintos momentos— nos enseñaron a caminar sobre el hielo delgado del mundo moderno. Y cada ladrillo de su monumental obra encajó a la perfección con los espacios vacíos de nuestras vidas.

Sé que en algún momento —espero que todavía dentro de muchos años— los ex integrantes de Pink Floyd se reunirán por fin con mi padre.

Así, superadas todas las barreras idiomáticas y las más remotas rencillas, estrecharán sus manos como perfectos caballeros y empezarán sus nuevas vidas.
Y los seis se dirigirán a la puerta más cercana para desaparecer tras ella.

Entonces, por fin, todos ellos serán un
mismo ruido o un mismo silencio: el de mis más gratos recuerdos.


Nota: las imágenes que ilustran este texto las capté durante el concierto de Roger Waters en Chile. Si gustan, pueden revisar mi álbum del evento accediendo a mi página de Facebook. Los videos se encuentran en mi canal de YouTube.

martes, enero 24, 2012


MI ATEO FAVORITO*

«No. Hay un elemento de misterio, de duda, de ambigüedad. Siempre soy ambiguo. La ambigüedad es parte de mi naturaleza porque rompe con las inmutables ideas preconcebidas.

¿Dónde está la verdad? La verdad es un mito. Yo soy materialista; sin embargo, eso no significa que niegue la imaginación, la fantasía, o que incluso ciertas cosas inexplicables puedan existir.

Racionalmente, no creo que le puedan crecer manos a un manco, pero puedo actuar como si creyera en ello porque estoy interesado en lo que viene después.

Además, yo trabajo en el cine, que es una máquina que manufactura milagros».


*Fragmento de una nota publicada por Glenn Kenny, el reconocido crítico cinematográfico norteamericano. La cita corresponde al gran Luis Buñuel (en la foto), uno de los mejores directores de cine de todos los tiempos.

sábado, julio 02, 2011


LA EXCUSA PERFECTA*

El cine es escape, al escribir se escapa, leyendo quizás también.

Esos han sido mis escapes, las formas como me he perdido: primero viendo, leyendo; luego escribiendo, filmando, creando. Tratando de controlar vía la invención el caos externo.

Creando tengo poder, creando me siento seguro, creando soy mejor persona porque siento que puedo salirme por un rato de mi mente, un lugar, por lo demás, donde me siento en extremo cómodo. No he tenido que perderme porque he podido construirme mi propio planeta y poblarlo con mi gente, decorarlo con mi estética.

Es altamente probable que este planeta tenga mucho que ver con mis rasgos autistas y con mi incapacidad para relacionarme con la gente, pero no reclamo; al revés, lo celebro. Me siento afortunado.

El ser escritor, ser considerado por los demás como uno o incluso como un artista (por pocos, es cierto) ha sido mi bendición. Ha sido mi pasaporte —mi pase— para estar solo, para que no me molesten; la excusa perfecta para que no me llamen, no me interrumpan, para que crean que no vivo acá, para perderme y no tener que intentar ser igual al resto.

Un escritor puede ser raro, puede vivir en su cabeza, no tiene —no debe— vivir igual que los demás.


*Fragmento de Missing (una investigación). El título y la disposición del texto corresponden al creador y administrador de este blog. La foto de Alberto Fuguet pertenece al gran Daniel Mordzinski, quien se ha especializado en retratar escritores.

martes, junio 28, 2011


MISSING (UNA INTERVENCIÓN)

ALBERTO: Hasta no hace mucho, el ser levemente distinto era el peor de los pecados y se castigaba con el más severo de los exilios internos. Ahora, el asunto está cambiando. Ser distinto no sólo es bueno, sino vital. Aquel que no tiene su propia personalidad, es decir, su particular y excéntrica manera de ser, es castigado. Ser freak es aceptar ser distinto. Es no querer ir contra la madre naturaleza (que nos hizo a todos únicos) y enrolarse con la masa. Ser freak, entonces, puede ser raro pero también implica ser único. Y ser creativo, impulsivo, obsesivo, loco, raro, extravagante, excéntrico. Más que indefinido, incompleto; con un vacío —o una fisura— que llenar.

Ya lo dijo Tim Burton: "Cuando miras a la gente que ahora se dedica a lo creativo, verás que todos eran solitarios. No hace mucho asistía a una reunión de curso de mi secundaria, y todos aquellos que fueron tildados de freaks y antisociales ahora eran increíblemente atractivos y estaban muy insertados en el mundo. Creo que el hecho de crecer solo, sin amigos, produce una suerte de catarsis que te obliga a confiar en ti. Lo que la creatividad te da es la oportunidad de construir aquello de lo cual careces".

¿Por qué pienso eso? ¿Por qué ese afán, esa complicidad, hacia los más trizados, hacia los incompletos? ¿Por qué creo que era así? ¿Acaso mi padre no era el más sensible? Mi padre, se me ocurre, es el que más logró, el que, con errores y todo, nunca desapareció incluso cuando huyó. Porque yo creo que sí, que cuando tenía quince años huyó de sus problemas, de Chile, de nosotros y de mí. Pero tú eres la obsesión; no mi papá. Mi padre quizás ha sido el tema, el único tema, la inspiración para todo lo que haya creado; sin duda ha sido una adicción, una compulsión por buscarlo, por reemplazarlo, por entenderlo, pero esta crónica es acerca de ti. De Carlos Fuguet, mi tío, mi tío perdido.


CARLOS: La familia es un ente extraño que, a la larga, si no te potencia, te anula. Todos complotan aunque no están de acuerdo. Se arman extrañas alianzas. Dicen que la familia es la base de la sociedad. Yo creo que la socava. He conocido muchas y sobre todo he conocido aquellas que están ligadas a gente que ha tropezado. Muchos de esos lazos, cuando uno de los integrantes está mal, o tiene mucha rabia, o es incapaz de controlarse, se vuelven tóxicos. Hay lazos entre hermanos que supuran bilis.


La gente cree que el odio y el desprecio y la envidia y el resentimiento no existen entre los más cercanos. Los peores asesinatos son intrafamiliares o entre conocidos o entre amantes. Quizás mi padre me quiso algo, pero más me despreciaba y odiaba, y creo que quiso maldecirme. Para que pagara el sufrimiento que seguro le provoqué.

Pudo tener odio hacia mí, pero debió portarse como padre. Un hijo puede odiar, un hijo puede hasta asesinar a su padre; pero no debería ser al revés.

Sé que los que lean esto podrán decir: ¡Dios, qué vida, qué soledad, qué desastre! A ellos les digo: sí, a veces se siente la soledad, a veces te aplasta, pero ya no lloro, salgo a caminar, enciendo la tele. ¿Si prefiero estar como estoy ahora que a los treinta? Sí, claro que sí. Ya no estoy preso, ya no me siento en una celda. Estoy solo, sí, pobre, jubilado, sin nadie, trabajando en una mierda, pero estoy libre, no estoy perdido, no estoy escondido, tengo contacto con mi gente. Y ya ves, aquí estoy, contando esta historia, contándote mi historia.

Raro: no sé por qué pero me siento más libre, liviano, me siento menos solo, me siento más joven. Casi me dan ganas de empezar de nuevo, pero uno sólo tiene una vida. Quizás tiene muchas historias, pero una sola vida. Veamos qué pasa. Veamos qué pasa.


Nota: La entrada que acaban de leer —una suerte de diálogo entre un tío "perdedor" y su sobrino freak (¿o viceversa?)— no existe como tal. Se trata en realidad de una intervención que tiene como base cuatro textos de Alberto Fuguet: la novela Missing (una investigación) y los artículos titulados "Un lugar donde vivir", "Leer" y "Solos (en América)", aparecidos en distintos medios chilenos y recopilados en Primera Parte. La edición de todo el conjunto, además de la foto de las dos portadas, corresponden a quien escribe estas líneas.

LA DISCIPLINA, EL TRABAJO Y LA MIRADA

Algunos estudiosos han dicho que en Chile siempre falta el padre. O que, si está, parece no estarlo. O es preferible que no esté. Dicen que es algo atávico, que viene de los orígenes, de la época de la conquista, y que por eso somos un país de madres y huachos.


En este país, los hombres le han pasado la tarea de la educación a las mujeres, y ese es un acto de muy poco hombre. Se ha postergado el rito de la iniciación. Es más: se fomenta la idea de no crecer, de ser inmaduro. Nadie es responsable. Esto se paga caro. No sólo porque los jóvenes no tienen a quién admirar, sino que, al no tener guía, caen en la misma trampa. Y la historia se repite.


Ser joven nunca ha sido fácil. Ser joven y no contar con tu padre, menos. Ahora bien, todo se complica aun más si uno es joven, quiere ser escritor y anda buscando un padre por ahí. Un padre literario. Un padre a secas.


Es bueno tener a alguien a quien admirar, alguien a quien seguir y respetar y acaso tomar como ejemplo. Mario Vargas Llosa es ese tipo de persona: real y honesto, tan transparente que uno cree conocerlo. Lo bueno de él, además, es que de tan contradictorio llega a ser coherente. Es fanático, histérico, egomaníaco, soberbio y, quizás porque ya lo ha hecho tanto, no teme equivocarse. Es un kamikaze.


Los padres biológicos, se sabe, no se eligen. Al revés, muchas veces se padecen. Con los padres literarios, sin embargo, sucede algo parecido. Uno cree que los elige, pero no es así. Se heredan, te son impuestos, uno tropieza con ellos sin estar del todo preparado. Uno de esos momentos fue cuando cayó en mis manos el libro de cuentos Los jefes.


Ese mismo mes, de uniforme, con la corbata mal anudada, me tragué, entre excitado y aterrado, el combo adolescente completo: Los cachorros y La ciudad y los perros. Nada se compara con leer algo que está escrito especialmente para ti. Directamente. Tenía la edad justa. Era el momento justo. ¿Quién era Vargas Llosa y por qué escribía esas cosas sobre mí?


La genialidad de Vargas Llosa es que no es un genio. Leyéndolo uno siente que la disciplina, el trabajo y la mirada es lo que importa y la base de todo. Vargas Llosa no era un poeta, un excéntrico, un mago. A pesar de todas sus experimentaciones, lo suyo es clásico. Y, como tal, permite que todos aprendan de él. Y si uno tiene suerte, no se nota.


Esto no lo pienso yo solamente. Cada día me topo con más hermanos que me dicen —que sienten— prácticamente lo mismo. Son pocos los padres que permiten eso. Darte tanto y, a la vez, dejarte libre. Vargas Llosa democratizó la literatura y le dio la oportunidad a todos para que creyeran en sí mismos. Solo por eso, que no es poco, estaré siempre agradecido y en deuda.



Nota: Cada palabra del texto anterior pertenece a Alberto Fuguet. El detalle es que corresponden a cuatro artículos suyos publicados en diversos medios entre los años 1993 y 2000 ("Súper Mario", "Chicos en el camino", "Envejecer" y "La ciudad y los huachos"). Me he tomado la libertad de editarlos —procurando que no se noten las costuras— para intentar crear uno nuevo, que en unos cuantos párrafos dé cuenta de uno de los temas recurrentes en la obra del chileno: la ausencia y búsqueda del padre. La fotografía que ilustra esta entrada sí es toda mía.

sábado, junio 25, 2011


LA SOMBRA DETRÁS DE LAS CORTINAS

Imaginen a un muchacho muy delgado, torpe y hasta algo hosco, pero sobre todo tímido. Véanlo recorrer los pasillos de la facultad de Letras de San Marcos, ingresar a la biblioteca, hundir el rostro entre los ficheros y, luego de largos minutos, salir muy contento con una antigua edición de Conversación en La Catedral entre las manos.

Piensen ahora en lo que pasaba por la cabeza de ese chiquillo mientras —de pie, sujeto al pasamanos de un incómodo ómnibus, o sentado, ajeno a los codazos de sus ocasionales vecinos— se adentraba en la intrincada selva de palabras de
La casa verde, en los recovecos de la clase media miraflorina y la Lima de los años cincuenta retratada en La ciudad y los perros.

Yo fui ese muchacho alguna vez. Y quiero creer que mi pasión por la obra de nuestro premio Nobel no ha disminuido ni un ápice desde que la descubrí en toda su expresión al ingresar a la universidad, sólo dos meses antes de cumplir diecisiete años. Todavía era un adolescente. Y los libros de Varguitas no podían haber llegado a mi vida en un mejor momento.


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Mientras leen estas líneas, en este mismo instante, otros jóvenes, casi niños, están conociendo —a través de sus personajes y situaciones— la prosa de Vargas Llosa. Muchos de ellos quedarán marcados para siempre. Y seguirán sus vidas como agradecidísimos lectores. Otros, no menos impactados que los anteriores, tarde o temprano se atreverán a seguir sus pasos.

Entre los que hicieron esto último hoy es posible encontrar desde introvertidos escribidores como yo hasta autores justamente consagrados. Precisamente en el libro de un consagrado —el chileno Alberto Fuguet— fue donde encontré algo interesante sobre el autor de
La Chunga, un texto que empieza como crónica pero termina como el más sentido homenaje.

En esa nota —titulada “La ciudad y los huachos”— se siente la enorme admiración y entusiasmo que Vargas Llosa despierta en Fuguet, y se hace evidente que Mario fue el padre que el autor de
Sobredosis nunca tuvo, el que todo aspirante a escritor hubiera deseado tener al lado mientras crecía. El huacho (huérfano) Fuguet luce feliz al lado de papá Mario.

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Así de feliz me he sentido al leer
Missing (una investigación), el libro que, sin lugar a dudas, es lo mejor que ha publicado Fuguet hasta el momento, su libro más redondo y, sobre todo, personal. Con Missing, puedo decir que he quedado plenamente reconciliado con el autor de Mala onda, la novela que me hizo verlo por muchos años como un mal imitador de la mejor narrativa norteamericana.

Uno de los factores que contribuyeron en gran medida a esta reconciliación fue conocer la faceta de blogger del chileno, saber que mucho de lo que ilumina su existencia es lo mismo que hace más llevadera la mía: música, cine, cultura pop, etc. El penúltimo paso fue adquirir
Primera parte, el volumen que recopila sus textos periodísticos publicados entre los años 1987 y 2000.

Revisando esa
Primera parte, leyendo allí "La ciudad y los huachos”, y muchos otros artículos, comprobé que Fuguet —contra lo que hasta hoy señalan muchos “entendidos”— ya escribía muy bien desde hace por lo menos dos décadas. Después de Missing (una investigación), Alberto Fuguet ya no tiene que demostrar nada a nadie. A nadie excepto a Mario Vargas Llosa.

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Porque ante el autor de
El lenguaje de la pasión y Cartas a un joven novelista, los amantes de la buena literatura, todos los que han escrito o pretendido escribir literatura o periodismo en las últimas cuatro décadas, y muy especialmente quienes crecimos a su benéfica sombra —como Alberto Fuguet, Iván Thays y tantos otros—, nunca dejaremos de ser hijos.

El mismo Thays lo señala en un texto que —curiosamente— forma parte de “La ciudad y los huachos”:


“...entonces era un adolescente y caminaba religiosamente a su antigua casa, en un malecón barranquino, para atisbar su biblioteca de cortinas abiertas y tratar de verlo revisando alguno de sus libros. Yo aún estaba en el colegio, pero ya quería ser escritor, o más bien un narrador, una persona que contase historias tan bien como me las contaba Vargas Llosa... y aunque Vargas Llosa nunca apareció como una sombra detrás de las cortinas para darme el consejo, el consejo ya estaba dado en su presencia invisible y la rutina del viaje hasta el malecón. Insiste, me dijo esa sombra. Y yo desde entonces, y espero que para siempre, insisto”.


Sí. Ante Vargas Llosa, los que nacimos cuando él ya era un autor leído en varios idiomas siempre seremos devotos pupilos, los más aplicados alumnos. Ante Mario, los que crecimos en los años setenta, ochenta y noventa seremos siempre voluntariosos adolescentes levantando la mirada hacia una casa que ya no existe más que en el recuerdo.


Esperando la sonrisa bienhechora, el visto bueno del padre.


Mirando hacia arriba. Siempre hacia arriba.



Nota: La imagen que ilustra esta entrada la capté en mi segunda visita a la exposición "Mario Vargas Llosa: La libertad y la vida". Por supuesto, es una pantalla de televisión en la que se apreciaba una serie de instantáneas que resumían la vida de Vargas Llosa. Pueden ver otras fotos de entonces en uno de mis álbumes de Flickr.