
CUESTIÓN DE TIEMPO
Luego de devorar 2666 (no encuentro un verbo más apropiado), y de iniciar la relectura de Los detectives salvajes, ya no me queda duda de que siempre recordaré al 2009 como el año en que por fin fui consciente de la magnitud de la obra narrativa de Roberto Bolaño.
El año que acaba también tuve mi primera aproximación a la obra de Haruki Murakami. Definitivamente, en Tokio Blues. Norwegian Wood y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo hallé más de lo que esperaba. Y tres libros más del autor japonés esperan su turno en mi biblioteca.
Pero son las novelas del chileno, empapadas de poesía y repletas de sucesos literarios en el más amplio sentido de la palabra, las que, estoy seguro, volveré a leer cada cierto tiempo, como quien vuelve con la memoria al momento o lugar en que fue realmente feliz.
Bolaño, que llevó una vida trashumante y salpicada de penurias económicas, supo entender que la escritura, como cualquier otra disciplina artística, requiere de la más plena dedicación, pero sobre todo de perseverancia. Ya consagrado, con varios libros publicados y una creciente lista de premios a cuestas, declaraba:
"No existe trabajo que no haya hecho. He cargado barcos, he sido camarero, recepcionista, basurero, guardia nocturno de un camping, hasta mayordomo. Todo para ser hoy un escritor disciplinado, convencido de que lo más importante para escribir es tener paciencia, mucha paciencia".
El 2009 dejó para mí algún que otro recuerdo grato, pero ninguno tan sentido como el de la lectura de las mejores novelas de Bolaño, dos libros que tardaron décadas en tomar forma, pero que no hubieran sido posibles sin que transcurriera todo ese tiempo y que el autor viviera lo que vivió. Todo tiene su principio y su final.
Este año llega a su fin, pero las lecturas se (re)inician en todo momento. Luego de Los detectives salvajes pasaré a Amuleto, Llamadas telefónicas, Putas asesinas, El gaucho insufrible, Estrella distante, Amberes, Una novelita lumpen, La pista de hielo y Entre paréntesis. Las relecturas serán sólo cuestión de tiempo.
Por ahora, leamos por primera, segunda o tercera vez lo que Fabrice Gabriel —de la revista francesa Les Inrockuptibles— escribió sobre Bolaño a raíz de su fallecimiento, en un texto titulado "Un hermano ha muerto". Donde sea que se encuentre, Roberto debe estar sonriendo:
"Largo tiempo hemos vivido sin saber que existía un chileno perfecto para nosotros: barroco pero breve, erudito sin ser pedante, trágicamente metafísico y auténticamente bromista, loco por la poesía pero dotado de una eficacia narrativa sin falla alguna... Una especie de fenómeno entre Woody Allen y Lautréamont, Tarantino y Borges, un autor que conseguía que su lector se convirtiera en un frenético proselitista. Bolaño no amaba el pathos superfluo ni los discursos grandilocuentes. El único homenaje será leerlo de ahora en adelante y reírnos todavía con él".







































