
ESPACIOS VACÍOS
Estaba oscuro por todos lados
Había nieve en el suelo
Cuando escaparon los tigres.
Y ni uno sobrevivió de los Fusileros Reales, Compañía C
A todos los dejaron atrás,
La mayoría muertos
Los demás, muriendo.
Y así fue como el Alto Mando
Me quitó a mi papá.
Cuando escaparon los tigres, de Roger Waters
Hace algunos años, poco después de la muerte de un tío muy querido, me encontré dialogando con un primo acerca del trance en que nos encontrábamos en ese preciso momento. "Hemos llegado a una edad en la que ya nos toca ver partir a nuestros seres queridos", le dije.
Me refería a que, al traspasar la barrera de los treinta años de edad, ya deberíamos acostumbrarnos —o sentirnos dispuestos— a despedirnos de las personas que nos vieron crecer o madurar, aquellos que directa o indirectamente influyeron en nuestro desarrollo como individuos.
Lo mismo vengo pensando desde hace un tiempo acerca de los forjadores de las obras de arte que me sirvieron para abrir los ojos de verdad ante el mundo, las creaciones en las que de alguna manera me apoyé antes de seguir avanzando en mi largo y sinuoso camino hacia lo que —para bien o para mal— soy actualmente.
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Hace unos días he visto nuevamente a uno de esos grandes creadores, el legendario Roger Waters. He tenido que hacer algunos malabares con mi presupuesto —dejando de lado compras previamente programadas— y viajar a otro país para apreciar su arte en vivo y en directo. Pero vaya que ha valido la pena.
Con su inagotable perfeccionismo, su constante búsqueda de nuevas maneras de recorrer un camino ya trazado por sus antecesores, Roger Waters —líder de Pink Floyd durante su etapa más gloriosa— siempre tuvo para mí un halo de grandeza, el aire de quien, muy seguro de sí mismo, mira siempre hacia adelante.
Eso mismo —mirar hacia adelante— hacía yo durante mi adolescencia, la época en que descubrí a Pink Floyd. Como todo jovencito, no hacía más que vivir mi vida tratando de disfrutarla con lo que tuviera a mi alcance. Y, junto con los libros y el cine, la música —sobre todo el rock— jugó un papel preponderante en mi formación.
Habrían de pasar muchos años para que me diera cuenta de que nada de eso —las largas jornadas de descubrimiento de tal o cual banda, las tardes de plática con los amigos en torno a las bondades de los discos del momento— hubiera sido posible sin el sacrificio de mis padres.
Mientras mi hermano mayor y yo dábamos la enésima vuelta a decenas de cassettes y elepés (casi todos prestados), y la estridente música se apoderaba de la casa, nuestros padres —cuando no estaban trabajando o asistiendo a un compromiso— guardaban el más respetuoso silencio.
Al menos así es como recuerdo esa época: por un lado, la mejor música del mundo, los grupos y canciones que daban sentido a mi vida; por el otro, el silencio, las fugaces siluetas de mis padres, siempre a punto de atravesar una puerta o de recorrer un pasillo, en un perpetuo tránsito hacia la oscuridad.
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Al fallecer mi padre —hace once años, de la manera más inopinada y dejando muchas preguntas sin respuesta, sobre todo en mis hermanos menores—, su silencio se hizo definitivo. Y poco a poco aprendimos a convivir con el recuerdo de sus actos, con la memoria de lo que dijo o no dijo cuando pudo o debió hacerlo.
Desgraciadamente, lo mismo ha de suceder con nuestros héroes particulares. Aquellos artistas —especialmente los músicos— que nos parecían eternos por el simple hecho de verlos ocasionalmente en las noticias y tener siempre a la mano sus creaciones (reeditadas innumerables veces), tendrán que enfrentar su destino.
Llegado el momento, para mí la ausencia más notoria no podrá ser otra que la de los cultores del denominado "rock clásico", porque esa fue la música con la que crecí, la que marcó el ritmo de mis pasos mientras crecía y aprendía a apreciar una de las expresiones artísticas más generosas, que brinda tanto a cambio de tan poco.
Así, los McCartney, Jagger, Dylan, Cohen —y un largo etcétera de "poetas, músicos y locos"— se unirán a los Lennon, Brown, Morrison y Cobain. Colgarán definitivamente los instrumentos que los hicieron grandes, escribirán las últimas líneas de sus eternas canciones y sabrán encontrar el momento ideal para partir, hundirse en las sombras y sumirse en el silencio.
Pero cinco hombres cuyos apellidos conocí desde mi preadolescencia —Barret, Wright, Mason, Gilmour y Waters—, con cuyas creaciones he llenado incontables horas de ocio o trabajo, tendrán siempre un lugar especial en mi vida. Porque me guiaron en medio de los más insólitos obstáculos y me acompañaron cuando me sentí más solo.
De estos cinco hombres, destaca nítidamente Roger Waters, porque, en no pocas ocasiones, él fue el único padre/compañero que tuve a mi alcance. En otros momentos, sus canciones —tan (im)perfectas como la vida misma— supieron dar la réplica a las reacciones de mi padre, completando su difuso contorno, iluminando sus murmullos o interpretando sus silencios.
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El concierto al que asistí hace dos semanas, espectacular en el sentido más amplio de la palabra, me ha servido para confirmar por enésima vez que Roger Waters es un genio como pocos. Mis hermanos y yo —en realidad, alrededor de medio millón de sudamericanos repartidos entre Chile y Argentina— hemos quedado plenamente satisfechos.
Ciertamente, no hemos podido quedar más contentos. Pero esta alegría ha venido acompañada del convencimiento de que esta tal vez sea la última gira del músico inglés. En su silueta, algo contrahecha, ya se dibuja claramente el paso de los años. Con casi siete décadas de vida, Waters ya tiene todo el derecho a descansar.
Ya toca despedirnos de él. Corresponde verlo entrar en sus cuarteles de invierno, y junto con él a varios de sus contemporáneos, aquellos que dieron forma y fondo a las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Les diremos adiós a todos ellos, pero nunca nos despediremos de Pink Floyd.
Porque para mí, para millones de adolescentes, los jovenzuelos que alguna vez fuimos, Pink Floyd fue el complemento ideal. Su música y su contundente parafernalia visual entraron en nuestras mentes para quedarse en ellas, acunadas por nuestras carencias, temores y expectativas.
Las ideas y creaciones de Syd Barret y Roger Waters —líderes de la banda en distintos momentos— nos enseñaron a caminar sobre el hielo delgado del mundo moderno. Y cada ladrillo de su monumental obra encajó a la perfección con los espacios vacíos de nuestras vidas.
Sé que en algún momento —espero que todavía dentro de muchos años— los ex integrantes de Pink Floyd se reunirán por fin con mi padre.
Así, superadas todas las barreras idiomáticas y las más remotas rencillas, estrecharán sus manos como perfectos caballeros y empezarán sus nuevas vidas. Y los seis se dirigirán a la puerta más cercana para desaparecer tras ella.
Entonces, por fin, todos ellos serán un mismo ruido o un mismo silencio: el de mis más gratos recuerdos.
Nota: las imágenes que ilustran este texto las capté durante el concierto de Roger Waters en Chile. Si gustan, pueden revisar mi álbum del evento accediendo a mi página de Facebook. Los videos se encuentran en mi canal de YouTube.