
¡GRANDE, CORTÁZAR!
Es cierto: trabajar en una librería tiene su gracia. Y si no que les pregunten a todos esos muchachos, casi adolescentes, que ingresaban tímidamente al local en que laboré hasta hace poco más de un año: todos envidiaban mi puesto, el verme sentado leyendo los cuentos completos de Capote o la última novela de Vargas Llosa; todos ansiaban poder tener a su alcance, todos los días, el olor a libro nuevo, a tinta fresca.
Algunos, como quien no quería la cosa, preguntaban si no necesitábamos reemplazar a alguien que saliera de vacaciones, si es que se inauguraría otra sucursal y cuándo; otros, los más osados, se acercaban al mostrador y dejaban sus hojas de vida sin más preámbulos: todos querían ser libreros.
Nunca tuve el tiempo ni la voluntad suficientes como para bajarlos de sus nubes. Los dejaba creer siquiera unos momentos más en la idea del vendedor de libros sumergido en interminables lecturas y ocasionales ventas. Porque, al menos por mi propia experiencia (y la que me narraban algunos colegas), la labor de librero podía ser tan enriquecedora como ingrata. Para mí fue todo eso y más.
Gracias a la librería, por ejemplo, pude redescubrir el genio de Julio Cortázar, un autor que hasta hace unos años consideraba grande, pero que hoy es para mí un tótem, un dios muy personal. La lectura de sus relatos completos, y sobre todo de sus cartas, terminó de abrirme los ojos (y oídos): Cortázar estaba (está) más allá de toda calificación.
Ahora recuerdo un volumen dedicado a la literatura latinoamericana escrito por Carlos Fuentes, uno de esos libros que yo devoraba con fruición en mis primeros años de universitario. Si no me equivoco, en el capítulo referido a la obra de Cortázar, Fuentes describe la peculiar fisonomía del argentino con las siguientes palabras: “alto, desgarbado y ojiazul”.
Pues bien, en esta oportunidad, mediante unas citas extraídas de diversos textos de y sobre él, quiero dejar constancia de mi admiración y respeto por un autor que no vivió de
“...alguien como yo, que se considera un escritor aficionado, porque la escritura y la literatura son solamente uno de los momentos de su vida. Yo le dedico mucho más tiempo a la música que a la literatura, cosa que un escritor profesional no haría jamás (...) Para mí la literatura es un segmento de mi vida, no es en absoluto lo central. Y eso es lo que te debe desconcertar un poco en alguien que ha escrito catorce libros. Es porque la literatura es una vocación pero también una facilidad, porque yo no tengo por qué jactarme de escribir bien, puesto que es una cosa que me fue dada desde muy joven, una especie de eliminación de etapas, y de golpe, en el año cuarenta y siete y el año cuarenta y ocho yo estaba escribiendo de la misma manera que puedo escribir hoy”.
“Nunca he pensado en nada, solamente de golpe me doy cuenta de lo que he pensado, pero eso no tiene gracia, ¿verdad?, ¿Qué gracia va a tener darse cuenta de que uno ha pensado algo? Para el caso es lo mismo que si pensaras tú o cualquier otro. No soy yo, yo. Simplemente saco provecho de lo que pienso, pero siempre después, y eso es lo que no aguanto”.
“...lo que me gusta es escribir y cuando termino es como cuando uno se va dejando resbalar de lado después del goce, viene el sueño y al otro día ya hay otras cosas que te golpean en la ventana, escribir es eso, abrirles los postigos y que entren...”.
“Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”.
“En literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay tan sólo temas bien o mal tratados”.
“Ven a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos hará”.


