domingo, enero 28, 2007


HISTORIA ESCRITA

El hombre ni siquiera las contó: se limitó a comprobar que la caja que le entregaba estaba llena de la mercadería pactada y a soltar el fajo de billetes. Y cuando, por pura curiosidad, me atreví a preguntar por el destino de la carga que ya descansaba en su auto, me dijo: “Esto lo vendo en provincias”. Eso fue lo último que le oí decir antes de que se sentara al volante y se fuera con parte de mi pasado.

Por supuesto, en ese momento no pensé ni en mi pasado ni en cualquier cosa que me deparara el futuro, me bastaba con saber que tenía en mis manos el dinero necesario para salir en el acto hacia la Av. Abancay y por fin ser dueño de mi primer skateboard profesional: era 1986, mi glorioso presente.

Ahora surge la inevitable pregunta: ¿cómo me las había arreglado para reunir alrededor de quinientas revistas de historietas —lo que entonces en Perú se conocía como “chistes” y hoy denominamos “cómics”— sin tener una propina más o menos decente… o siquiera la seguridad de que recibiría alguna al salir hacia el colegio de lunes a viernes?

La respuesta (ahora, hoy, en este momento) es muy simple: no lo sé o no lo recuerdo. Pero lo bueno es que esto me sirve de pretexto para referirme a las historietas de Novaro, la editorial mexicana que invadió millones de hogares hispanohablantes a lo largo de varias décadas del siglo pasado, y que muchos latinoamericanos y españoles —la gran mayoría de ellos sobrepasando ya los treinta años— han de recordar con una sonrisa en los labios.

Novaro fue una editorial que gozó de enorme popularidad sobre todo a lo largo de los años cincuenta, sesenta y setenta, décadas en las que era muy común ver a niños, adolescentes y no pocos adultos inmersos en la lectura de las peripecias de sus superhéroes favoritos: Batman, Superman y los demás personajes de DC Comics hablaban español desde las páginas de la editorial mexicana.

Tampoco era difícil oír en algún medio de transporte público, en más de un quiosco de diarios o en las salas de espera de silenciosos hospitales, las carcajadas provocadas por las ocurrencias de Periquita, La zorra y el cuervo, Lorenzo y Pepita o lo que tuviera lugar en el exclusivo club de los amigos de La pequeña Lulú; y todo esto sin mencionar las desventuras de las perfectamente delineadas protagonistas de las historias de amor de Susy, secretos del corazón, causantes de innumerables suspiros entre las féminas.

En el Perú, un país con muchísimos más lectores que los que las estadísticas registran cada vez que se intenta establecer nuestro nivel educativo o las posibilidades de publicación de un diario, revista o libro, el mercado de historietas gozó de muy buena salud a pesar de los vaivenes de las políticas económicas de los gobiernos de turno. Y algo que se hizo muy popular fue el puesto de alquiler de revistas en los mercados de cada localidad o distrito. Bastaban entonces unas cuantas monedas para pasar largas horas de lectura al lado de vendedores de carne o verduras.

Pero, como dicen, esos fueron otros tiempos. La época de la que hablo fue muy distinta a la que casi nos ahoga ahora, de llamadas perdidas en medio de minúsculos aditamentos, luminosos monitores y vistosos teclados ergonómicos. Estos años no tienen nada que ver con los que vivimos cientos de jovenzuelos peruanos entre el final de la dictadura militar y la primera mitad de los años ochenta.

Para mí, para todos los acérrimos lectores de casi cualquier cosa que cayera en nuestras manos, fueron, efectivamente, años maravillosos, tanto o más que los que vivieron nuestros padres o tíos dos o tres lustros antes. Pero había algo que no sabíamos entonces, algo que ni siquiera tuvimos oportunidad de intuir: por diversos motivos, Novaro fue reduciendo cada vez más sus tirajes, aproximándose cada vez con mayor rapidez a su plena decadencia, coronada por el terremoto que asoló la ciudad de México en 1985, cuando, según cuenta la leyenda, se vino abajo el local principal de la empresa.

Y así fue: la editorial que alimentó la imaginación de millones, hizo más llevaderas las horas de soledad a miles de tímidos y/o huraños niños y jóvenes, o menos insoportables las horas de espera en los consultorios de cientos de galenos a tantos adultos, terminó de desaparecer en medio de una aguda crisis económica y del polvo y ruido de las réplicas del que ha sido considerado el mayor sismo de la historia escrita de México.

Por eso, al despedirme del sujeto que me pagó lo que para mí era entonces una enorme suma de dinero, no sólo me despedí de mis revistas, de todo lo que disfruté y aprendí entre las coloridas páginas de Conan, el bárbaro, Linterna Verde o Flash (en esta última, por ejemplo, conocí la palabra "Neurofibromatosis", término científico que designa a lo que comúnmente denominamos Elefantiasis).

En la camioneta que volteó la esquina de mi cuadra por segunda y última vez en esa mañana de verano se fue también, acurrucado entre muchas otras cajas, pero aferrado a la de mis/sus historietas, el alfeñique de 44 kilos que se había prometido emular a Batman cuando alcanzara la mayoría de edad —Bruno Díaz, después de todo, era un ser humano como cualquiera de nosotros—; partió el muchachito que se atrevió, si bien sólo por contados días y de la manera más ingenua, a alquilar su propia colección de revistas en medio de su jardín. En ese vehículo, en dirección a quién sabe cuál recóndita provincia, se fue también sin querer queriendo y de polizonte mi infancia.

4 comentarios:

Literófilo dijo...

Este post me recuerda a mis últimas Metal Hurlant...

David dijo...

Me has hecho reflexionar en un asunto con lo que mencionaste en este post respecto a cómo pudiste juntar dinero para armar tamaña colección de comics. Según me acuerdo, como hermanos que somos, cuando niños siempre recibimos las mismas propinas, pero ahora me doy cuenta que nunca hice una inversión como la tuya, es decir, constante y firme. Será porque en realidad esas propinas eran realmente modestas y que para mi se convertían rápidamente en la golosina del día.
Cuando hoy mi hija me pregunta cuáles son mis superhéroes favoritos, le respondo que son "El Hombre Araña" y "Conan, El Bárbaro", y enseguida pienso en esa maravillosa colección que representaba un universo en el que uno podía "navegar".
Saludos.

Daniel Salvo dijo...

Muchos recordamos con afecto los "chistes" de Novaro. Pero hay otros seres que parece que leían con el culo fruncido y decidieron que los chistes eran "alienantes". El resultado fue que se llegó a prohibir su importación, para beneplácito de estos seres resentidos. Tiempos felices en los que un "chiste" o cómic se adquiría en los kioskos, no como ahora que cuestan un ojo de la cara, al punto que sólo se venden en lugares especializados.

Anónimo dijo...

Hola, mira me intereso mucho tu articulo... y bueno la verdad es que llevo un buen tiempo ubicando a las historiasde Periquita, me puedes ayudar a conseguirla, mi pag es tacaba2005@yahoo.com
Gracias