lunes, marzo 26, 2007


PIGS ON THE WING (PART ONE)

“¡Grande, Roger!”, alcancé a oír sólo unos segundos antes de que finalizara la andanada de canciones emitida por la antigua radio Telefunken. Alguien, tan o más emocionado que mis hermanos y yo, gritaba a nuestra derecha. Para entonces los integrantes de la banda ya se habían colocado en sus respectivas posiciones y las pantallas laterales dejaban ver a Waters saludando a la extática concurrencia. Instantes después, luego de que se oyera lo que parecía ser la apremiante narración de un evento deportivo, cuatro palabras en alemán, "¡Ein, zwei, drei... alle!" (¡Uno, dos, tres... todos!), daban inicio al espectáculo que nos transportaría al Primer Mundo siquiera por una noche: In the flesh abría el show en medio de un espectacular despliegue de luces y sonido.

Los alaridos de unos y los chillidos de otras se mezclaban con las admoniciones de quienes creían que iban a disfrutar del show sentados. Nadie les hacía caso. Algunos incluso habían trepado a la estructura de metal ubicada a nuestra izquierda. Todos tratábamos de captar la mayor cantidad de sensaciones posible, y nos uníamos al desfile de martillos de la pantalla alzando los brazos o cruzándolos sobre nuestras cabezas. Estábamos de pie y dispuestos a permanecer así por todo el tiempo que fuera necesario. “Lo veo, está aquí nomás”, me decía Toño, que no despegaba sus binoculares de la figura de Roger. “No es el guitarrista de la otra gira, pero no lo hace mal”, le dije a David, que ni siquiera me miró. Mis hermanos, al igual que el resto de la concurrencia, estaban embelesados.

Mientras me las ingeniaba para filmar, tomar fotografías y a la vez voltear de vez en cuando a auscultar a mis compañeros de Platea, no dejaba de pensar en lo que me había contado David años atrás, cuando llegó hasta Santiago de Chile sólo para asistir a un concierto de la gira que llevaba el mismo título del tema que abre The Wall y que en esos precisos momentos ya dejaba oír sus últimos acordes. “¡Tendrías que haber estado allí para creerlo, el sonido es espectacular. Han tocado Dogs y los perros estaban allí, ladrando a mi lado!”, me dijo a su regreso mientras me mostraba su póster, adquirido a la salida del Estadio Nacional. Esa fecha, tres de marzo del 2002, había marcado un hito en su vida. “¡Era otra cosa, podías ver paneles publicitarios, de los grandes, con la cara de Waters… y estaban por todos lados!”, me había dicho mientras me mostraba la foto en que aparecía al lado de un aviso luminoso. Sí, el rostro de Waters casi llenaba la toma.

El recuerdo de esa foto, marcado a fuego en mi mente desde entonces, no me dejó ni siquiera cuando Roger ya emprendía el segundo tema de la noche, Mother. En la pantalla, la imagen de una habitación algo descuidada nos recordaba a la de Pink, el protagonista de The Wall tanto en el disco como en su encarnación cinematográfica. Muchos coreaban cada verso con los brazos en alto, aunque esta vez no tanto por la euforia que los embargaba como por el afán de registrar a como diera lugar lo que percibían ya como un momento irrepetible. Teléfonos celulares de todos los tamaños y colores se topaban con diminutas cámaras, que daban todo de sí desde diversos puntos de la explanada. Esos brazos levantados saludaban a la noche y al sonido que los envolvía, guiñaban los ojos a la inmensa pantalla, pero sobre todo, como el eco magnificado de la luz del único reflector encendido en ese momento, apuntaban al larguirucho hombre de cabello cano sobre el escenario.

Era de verdad sobrecogedor. Y yo ya no sabía si seguir observando la diminuta silueta de Waters, las imágenes de la pantalla, cada una más impresionante que la anterior, o dedicarme a filmar lo que pudiera de lo que se vivía en ese momento sobre cada silla de Platea. Felizmente, nadie se había atrevido a pararse sobre ellas, y lo único que tenía que hacer para respirar el recargado aire del recinto y sentir el entusiasmo reinante era voltear hacia mis costados o hacia atrás de vez en cuando, y echar una mirada de reojo a los asistentes, el tiempo justo para comprobar que estaban tan arrobados como yo. “Esa la tocó en Santiago, Mariano. Mira, salen todos menos Gilmour… todos jovencitos”, me dijo David a la mitad de Set the controls for the heart of the sun. “Sí, igual que en mi DVD”, le contesté mientras disparaba la luz de mi flash sobre los miles de cráneos que nos separaban de los músicos.

Así, entre flashes, gritos, silbidos y hasta insultos (no todos querían seguir de pie) pasaron muchos minutos. Shine on you crazy diamond logró unir a todos en un mismo coro, y los hermosos versos dedicados al finado Syd Barret y sobre todo la mirada cómplice que éste nos dirigió desde la pantalla hicieron que gritáramos de satisfacción. Have a cigar, uno de los temas menos apreciados de Pink Floyd, sonó a gloria en las manos de Dave Kilminster, el más virtuoso de los guitarristas contratados para la gira. Tanto mis hermanos como yo creíamos que solamente David Gilmour podría repetir sobre un escenario cada nota del solo de guitarra que cierra ese tema. Estábamos muy equivocados. Cuando Wish you were here empezó a sonar, con los famosos acordes iniciales encerrados en lo que parece ser una vieja radio de amplitud modulada, comenzaron los suspiros, murmullos y lágrimas. El tema, quizá el más conocido después de Another brick in the wall (Part 2) y Comfortably numb, ha calado hondo en los corazones de muchos melómanos, y su letra, un hermoso canto a la amistad, se repitió una y otra vez esa noche, antes, durante y después del concierto.

Cuando creíamos que habíamos llegado al clímax de la emotividad, Roger se sacó varios ases de la manga: Southampton Dock y The Fletcher Memorial Home, ambos pertenecientes a The final cut, añadieron el toque político a la velada y se complementaron plenamente con las dos partes de Perfect sense, una canción que describe un mundo gobernado por el vil metal, en el que todo se expresa en dólares, centavos, libras, chelines y peniques. Era la faceta más humana, más palpable de Waters. Y de eso no quedó la menor duda cuando presentó Leaving Beirut, un tema nuevo basado en sus experiencias de adolescente a punto de alcanzar la mayoría de edad, cuando, en circunstancias difíciles, fue auxiliado por una pareja de árabes, que hicieron lo imposible por lograr que se sintiera bien en medio de la más dolorosa miseria. Casi todos entendieron el mensaje de hermandad y comprensión a pesar de las diferencias, sobre todo por las imágenes que acompañaban el desarrollo de la canción: era la historia de un jovencísimo Roger narrada a manera de cómic.

Lo que vino después fue el primer momento culminante de la noche: el piano sintetizado de Sheep, el único tema rescatado de Animals para la ocasión, se abría paso en medio del barullo general. Pero eso no fue nada comparado con lo que sentimos y oímos todos al ver asomarse a Algie desde el costado derecho del escenario, justo al lado de una de las pantallas pequeñas (en relación a la central, claro). La bonachona figura del cerdo se acercaba más y más al público y luego empezaba a pasearse, oronda, opacando por unos minutos al mismísimo Roger. El regocijo fue mayúsculo cuando nos dimos cuenta de que Algie llevaba sobre su cuerpo diversas inscripciones, como “El miedo construye murallas”, “Kafka rules” o “Stop Bush”; pero la cosa llegó a un nivel de entrega total cuando se pudo distinguir, a la luz de los reflectores, la leyenda principal: “Todos los peruanos somos iguales. No a la discriminación”. Por unos segundos, los músicos, la pantalla y las luces quedaron en segundo plano, y todos los asistentes nos unimos en un solo grito de comunión y alegría.

Y así, en medio del alborozo total en que nos habíamos sumido, y acompañados por las notas finales de Sheep, acabó la primera parte del concierto, iluminado por la imagen de Algie y todo lo que su piel intentaba comunicarnos. Allí estaba. Lo teníamos enfrente, casi al alcance de nuestras manos… o al menos eso sentíamos en ese momento. Y su figura se alzaba imponente por sobre las miles de incrédulas cabezas peruanas. Un inmenso cerdo rosado de expresión hosca y orejas caídas nos miraba ahora de frente, luego de costado, después nos daba la espalda orgulloso y finalmente se elevaba hacia el oscuro cielo limeño, llevándose consigo nuestros gritos de júbilo y emoción escritos sobre su lomo, dibujados en su panza y garabateados en cada una de sus extremidades.

Primera, tercera y sexta fotos del concierto, cortesía de Alejandra Devéscovi.

7 comentarios:

Arturo Quinto dijo...

Maestra la cronica, muy buenas las fotos, y felicitaciones por haber sdo testigo de una acontecimiento tan importante... Roger Waters en Peru! Los chanchos realmente vuelan!

Saludos,
Arturo Quinto

Juan Arellano dijo...

Buena la narración de lo sucedido, no pude ir, pero se lo que es asistir al concierto de tu grupo favorito (Fui a ver a Yes cuando vinieron a Lima), algo que se pensó nunca sucedería. Igual me conozco los discos de Floyd de cabo a rabo, y el Dark Side lo oí el mismo año que salió (1973). Que sigan viniendo los grandes grupos.

Inconforme dijo...

Excelentemente redactado. Con lo único que discrepo es que "Have a Cigar" sea uno de los temas menos apreciados de la banda.
En paises como EEUU o Gran Bretaña rotan el tema en las radios de rock clásico con bastante frecuencia.

Otra punto que considero interesante tocar, sobre la interpretación de sus canciones como solista, especialmente Perfect Sense (I y II) es la acotación que hace cuando el niño dice "Madre, el presidente es un bufón ¿Por qué tengo que seguir leyendo estos manuales técnicos? (dejando que me laven el cerebro con sus instituciones).
Y los dueños del staff y los corredores de wall street dijeron "no nos hagas reír: el tiempo es linear, la memoria es un extraño..." y le dieron el comando de un submarino nuclear enviandolo de vuelta en búsqueda del jardín del edén.

Ahora, si nos remotamos a la descripción histórica el jardín del edén estaba ubicado en el cruce de los ríos tigris y eugrates (medio oriente) donde empezaron las batallas de bush padre (tiempo del album "Amuzed tu death", donde aparece la canción) y lugar favorito de invasión de países por Bush hijo.
En ese momento pensé - casi con lágrimas en los ojos: Roger, tenías razón hace 15 y tendrás razón siempre. Todo tiene perfecto sentido, expresado en dólares u centavos, libras y peniques.
Como dice el lado B del single "Leaving Beirut" "Para mantener nuestro estilo de vida, nuestros autos andando, nuestras cuentas bancarias, nuestra ropa de marca hecha en china hemos decidido matar a los niños".
Esperemos que esto cambie.
Gracias Roger.
Sigue abriendo los ojos de las nuevas generaciones.

Anónimo dijo...

Me permitiré conocer a pink floyd me ayudas?

Mariano Orosco Zumarán dijo...

Hola anónimo (¿o anónima?):

Una vez más voy a romper mi costumbre de no "comentar los comentarios" solamente para decirte que estoy a tu plena disposición para ilustrarte acerca de mi grupo de rock favorito.

No tienes más que escribirme a mi correo personal —que, por si acaso, figura en mi perfil— cuando lo creas conveniente.

Mariano

Literófilo dijo...

Estuvo bueno el reportaje Mariano, me gustó. Que dicha que lo hayás disfrutado, bien por vos...Espero que algún día venga por acá Dream Theater...je je je

Anónimo dijo...

Lo que has escrito es verdad. Yo estuve en el concierto y estuvo icreible, pink floyd es mi banda favorita... yo no conosia tanto de pink floyd y no me gustaba tanto hasta que fui al concierto, ahora es mi banda favorita y se mucho sobre ella.