domingo, octubre 28, 2007


COMO SI FUERA LA PRIMERA VEZ

Tengo por ahí un texto del cual, para variar, no estoy plenamente satisfecho. Se trata de un artículo que quizá nunca aparezca en la revista para la cual fue redactado; bueno, hasta el momento en que escribo estas líneas no tengo claro el panorama al respecto, pero algo me dice que mi escrito es, hasta cierto punto, demasiado “abstracto” o “abierto” para dicha publicación. Por supuesto, puedo estar equivocado.

Si nos ponemos a pensar (a considerar “en frío, imparcialmente”, como decía Vallejo) en qué nos induce a desechar algo que acabamos de crear —una idea que nos pasó por la cabeza en algún momento y que, por cosas del azar, terminó registrada en un cuaderno de notas o en una computadora—, o a relegarlo hasta que llegue el “momento preciso” (de darlo a conocer o de eliminarlo de una vez por todas), lo más probable es que se nos ocurran tantos argumentos a favor como en contra de proceder de esa manera.

Sucede todo el tiempo: el escritor que de pronto se siente iluminado y garabatea dos o tres palabras que tal vez le sirvan de derrotero para elaborar el relato de su vida, el poema definitivo; el músico que se encuentra por fin con las notas precisas para redondear el tema que lo sacará del anonimato; el productor de cine que, por pura casualidad, se topa con el actor o actores que encarnarán a los protagonistas de la película que cimentará su fama.

¿Quién puede tener la certeza de que esto será así? La respuesta es simple: todos y nadie. La opinión de la persona menos pensada puede ser tan valiosa como la del más reputado especialista. Y si algo he aprendido en los últimos años es a no confiar totalmente en mí mismo… al menos en lo que se refiere a mi hasta el momento escasísima producción escrita, tan dependiente de mi estado de ánimo y mi disponibilidad de tiempo.

Quizá el mejor ejemplo de lo que vengo señalando desde hace cuatro párrafos sea la carrera de Bob Dylan, el cantautor norteamericano. Robert Allen Zimmerman —su verdadero nombre— ha sido y es el epítome de la libertad creativa. El arte del siglo pasado no hubiera sido lo que fue si no hubiera existido este tozudo cantante de voz nasal, tan reacio a explicar sus motivos o métodos para componer como agudo para disimular su propia incertidumbre.

A pesar de lo que señala la leyenda, Dylan nunca fue el guía o “la voz” de su generación. Y él mismo ha manifestado que si le tocó cumplir ese papel en algún momento fue simplemente porque las cosas se dieron así. En otras palabras, ese nunca fue su propósito. Y cuando se fue desvaneciendo el fervor revolucionario de los años sesenta —en medio de sucesos que marcarían para siempre a su país y, por extensión, al mundo—, el poeta se limitó a seguir adelante, escribiendo y describiendo lo que sentía relevante o intuía como verdaderamente importante.

Fue justamente ese afán por seguir su instinto creador lo que determinó que muchas canciones suyas permanecieran almacenadas bajo siete llaves por décadas, refundidas entre tomas alternativas y versiones en vivo de tantos otros temas hoy archiconocidos. Sólo cuando llegó el momento de mirar hacia atrás, la hora de preparar la recopilación que supuestamente daría cuenta de la envergadura de una obra ya asumida como fundamental para entender los últimos decenios, salieron a la luz las gemas que el autor había considerado inferiores o poco representativas del momento en que se grabaron.

Este proyecto de recuperación de la obra “perdida” de Dylan, aparecido hasta el momento bajo el título de The Bootleg Seriescinco lanzamientos que abarcan ya once discos—, por supuesto, da fe de su indiscutible rango creativo, pero a la vez demuestra que los autores no siempre son los más indicados para juzgar sus propias obras. Como bien dijo un entendido, lo que el bardo de Minnesota había decidido descartar podría fácilmente catapultar a la fama al músico más oscuro o ser visto como lo mejor de cualquier otro artista ya consagrado.

En todo caso, cuando hablamos de Dylan hablamos del más grande compositor de la música popular del siglo veinte (y parte del veintiuno), estamos hablando de uno de los más ilustres poetas en cualquier idioma. A un genio de su talla se le puede perdonar cualquier cosa. Además, como se lee casi al final de mi artículo para la publicación mencionada al inicio de este post, “…existe el buen talento, y también el grandioso, pero existe un talento tan inmenso que es inevitable, prácticamente inescapable…”.

Ese talento está en su música, pero sobre todo en sus letras (no por nada se le ha mencionado muchas veces como candidato al premio Nobel de Literatura). No podemos escapar del legado de Bob Dylan, ni tenemos por qué hacerlo. Intentemos, más bien, todo lo contrario. Tratemos de apreciarlo como si fuera la primera vez, como lo hicieron aquellos que tuvieron la suerte de verlo surgir, los que de una manera u otra estuvieron a su lado mientras se forjaba el mito, en los cada vez más lejanos años sesenta, cuando las respuestas a todas las interrogantes —políticas, morales, sociales— todavía flotaban en el viento.

1 comentarios:

fer dijo...

Me sorprende que digas “A un genio de su talla se le puede perdonar cualquier cosa”, bueno, esta visto que aun no nos conocemos del todo,… mira que yo opino todo lo contrario, se me vienen a la mente muchos artistas a quienes admiro y considero genios, pero si hacen o hicieran algo reprochable, yo no les perdonaría solo por ser genios, una cosa es su genialidad artística y otra el comportamiento mortal que tenga, aunque me gustaría saber a que te referías con dicha frase, quizá no entendí bien,… espero que conversemos mas sobre este articulo un día que me visites.…
Me gusto tu artículo Mariano, y claro, Dylan es uno de los que considero también como un “grande”.
fer