
CON OJOS DE ADULTO
"La única patria del hombre es su infancia".
Rainer Maria Rilke
No deja de maravillarme la manera en que se van relacionando eventos o circunstancias que por separado significarían muy poco o nada, pero que, una vez enlazados, otorgan un brillo inusitado a nuestras a veces opacas vidas.
Lo mismo sucede con las ideas, que pueden parecer realmente descabelladas tomadas individualmente, pero que, unidas a otras no menos disparatadas, pueden hacernos llegar a conclusiones más lógicas... o interesantes.
Algo de eso hice —o traté de hacer— hace ya un buen tiempo, en un post en el que se enlazaban las imágenes más dispares. Algo de eso trataré de hacer hoy, utilizando palabras que escribí hace más de cuatro años.
Esas palabras se combinarán con imágenes conseguidas en mi segundo periplo chileno —de hace menos de un mes—, tratando de recapturar la atmósfera de cariño y nostalgia que me envolvió durante toda mi estadía.
Porque esta vez, a diferencia de mi viaje en marzo, sí tuve muy presente la idea de que ya no solamente voy a Chile a reencontrarme con mi familia, a sentir todo el afecto del mundo en la figura de mis primos y sobrinos.
No, esta vez fui (y de ahora en adelante iré) también para tratar de hallar, entre los recuerdos de Rubén y Vladimir —en sus álbumes de fotos, en las miradas de sus esposas y en las sonrisas de sus herederos—, nuestro pasado en común.
Quiero creer que algo de ese pasado se aprecia en los gestos y actitudes de los niños que aparecen en el siguiente post. No todos son mis sobrinos, pero en cada uno de ellos veo lo que mis primos y yo fuimos alguna vez.
Yo sé que, a donde sea que vayan, Rubén y Vladimir tendrán siempre consigo los recuerdos de nuestra infancia, todas las travesuras y anécdotas de cuando no nos preocupaba más que divertirnos con lo que tuviéramos a la mano.
Y mientras yo pueda escribir y tomar fotos, seguiré retratando ese pasado cada vez más remoto, viendo con ojos de adulto a los niños que fuimos, deshaciendo los pasos que nos han llevado a donde estamos hoy.
En el futuro, tal vez yo ya no viaje solamente a Chile, sino también a países mucho más lejanos. Y quién sabe, Rubén y Vladimir podrían volver al Perú que tanto añoran, o trasladarse con sus familias a otras latitudes.
Nada de eso es seguro. Nuestra única certeza es que, pase lo que pase, nosotros viviremos siempre en el reino de nuestros más antiguos y gratos recuerdos. Habitantes de un mismo país. Ciudadanos de la misma nación.
De una patria cuyas fronteras jamás atravesaremos.