martes, junio 28, 2011


LA DISCIPLINA, EL TRABAJO Y LA MIRADA

Algunos estudiosos han dicho que en Chile siempre falta el padre. O que, si está, parece no estarlo. O es preferible que no esté. Dicen que es algo atávico, que viene de los orígenes, de la época de la conquista, y que por eso somos un país de madres y huachos.


En este país, los hombres le han pasado la tarea de la educación a las mujeres, y ese es un acto de muy poco hombre. Se ha postergado el rito de la iniciación. Es más: se fomenta la idea de no crecer, de ser inmaduro. Nadie es responsable. Esto se paga caro. No sólo porque los jóvenes no tienen a quién admirar, sino que, al no tener guía, caen en la misma trampa. Y la historia se repite.


Ser joven nunca ha sido fácil. Ser joven y no contar con tu padre, menos. Ahora bien, todo se complica aun más si uno es joven, quiere ser escritor y anda buscando un padre por ahí. Un padre literario. Un padre a secas.


Es bueno tener a alguien a quien admirar, alguien a quien seguir y respetar y acaso tomar como ejemplo. Mario Vargas Llosa es ese tipo de persona: real y honesto, tan transparente que uno cree conocerlo. Lo bueno de él, además, es que de tan contradictorio llega a ser coherente. Es fanático, histérico, egomaníaco, soberbio y, quizás porque ya lo ha hecho tanto, no teme equivocarse. Es un kamikaze.


Los padres biológicos, se sabe, no se eligen. Al revés, muchas veces se padecen. Con los padres literarios, sin embargo, sucede algo parecido. Uno cree que los elige, pero no es así. Se heredan, te son impuestos, uno tropieza con ellos sin estar del todo preparado. Uno de esos momentos fue cuando cayó en mis manos el libro de cuentos Los jefes.


Ese mismo mes, de uniforme, con la corbata mal anudada, me tragué, entre excitado y aterrado, el combo adolescente completo: Los cachorros y La ciudad y los perros. Nada se compara con leer algo que está escrito especialmente para ti. Directamente. Tenía la edad justa. Era el momento justo. ¿Quién era Vargas Llosa y por qué escribía esas cosas sobre mí?


La genialidad de Vargas Llosa es que no es un genio. Leyéndolo uno siente que la disciplina, el trabajo y la mirada es lo que importa y la base de todo. Vargas Llosa no era un poeta, un excéntrico, un mago. A pesar de todas sus experimentaciones, lo suyo es clásico. Y, como tal, permite que todos aprendan de él. Y si uno tiene suerte, no se nota.


Esto no lo pienso yo solamente. Cada día me topo con más hermanos que me dicen —que sienten— prácticamente lo mismo. Son pocos los padres que permiten eso. Darte tanto y, a la vez, dejarte libre. Vargas Llosa democratizó la literatura y le dio la oportunidad a todos para que creyeran en sí mismos. Solo por eso, que no es poco, estaré siempre agradecido y en deuda.



Nota: Cada palabra del texto anterior pertenece a Alberto Fuguet. El detalle es que corresponden a cuatro artículos suyos publicados en diversos medios entre los años 1993 y 2000 ("Súper Mario", "Chicos en el camino", "Envejecer" y "La ciudad y los huachos"). Me he tomado la libertad de editarlos —procurando que no se noten las costuras— para intentar crear uno nuevo, que en unos cuantos párrafos dé cuenta de uno de los temas recurrentes en la obra del chileno: la ausencia y búsqueda del padre. La fotografía que ilustra esta entrada sí es toda mía.

0 comentarios: