sábado, junio 25, 2011


LA SOMBRA DETRÁS DE LAS CORTINAS

Imaginen a un muchacho muy delgado, torpe y hasta algo hosco, pero sobre todo tímido. Véanlo recorrer los pasillos de la facultad de Letras de San Marcos, ingresar a la biblioteca, hundir el rostro entre los ficheros y, luego de largos minutos, salir muy contento con una antigua edición de Conversación en La Catedral entre las manos.

Piensen ahora en lo que pasaba por la cabeza de ese chiquillo mientras —de pie, sujeto al pasamanos de un incómodo ómnibus, o sentado, ajeno a los codazos de sus ocasionales vecinos— se adentraba en la intrincada selva de palabras de
La casa verde, en los recovecos de la clase media miraflorina y la Lima de los años cincuenta retratada en La ciudad y los perros.

Yo fui ese muchacho alguna vez. Y quiero creer que mi pasión por la obra de nuestro premio Nobel no ha disminuido ni un ápice desde que la descubrí en toda su expresión al ingresar a la universidad, sólo dos meses antes de cumplir diecisiete años. Todavía era un adolescente. Y los libros de Varguitas no podían haber llegado a mi vida en un mejor momento.


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Mientras leen estas líneas, en este mismo instante, otros jóvenes, casi niños, están conociendo —a través de sus personajes y situaciones— la prosa de Vargas Llosa. Muchos de ellos quedarán marcados para siempre. Y seguirán sus vidas como agradecidísimos lectores. Otros, no menos impactados que los anteriores, tarde o temprano se atreverán a seguir sus pasos.

Entre los que hicieron esto último hoy es posible encontrar desde introvertidos escribidores como yo hasta autores justamente consagrados. Precisamente en el libro de un consagrado —el chileno Alberto Fuguet— fue donde encontré algo interesante sobre el autor de
La Chunga, un texto que empieza como crónica pero termina como el más sentido homenaje.

En esa nota —titulada “La ciudad y los huachos”— se siente la enorme admiración y entusiasmo que Vargas Llosa despierta en Fuguet, y se hace evidente que Mario fue el padre que el autor de
Sobredosis nunca tuvo, el que todo aspirante a escritor hubiera deseado tener al lado mientras crecía. El huacho (huérfano) Fuguet luce feliz al lado de papá Mario.

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Así de feliz me he sentido al leer
Missing (una investigación), el libro que, sin lugar a dudas, es lo mejor que ha publicado Fuguet hasta el momento, su libro más redondo y, sobre todo, personal. Con Missing, puedo decir que he quedado plenamente reconciliado con el autor de Mala onda, la novela que me hizo verlo por muchos años como un mal imitador de la mejor narrativa norteamericana.

Uno de los factores que contribuyeron en gran medida a esta reconciliación fue conocer la faceta de blogger del chileno, saber que mucho de lo que ilumina su existencia es lo mismo que hace más llevadera la mía: música, cine, cultura pop, etc. El penúltimo paso fue adquirir
Primera parte, el volumen que recopila sus textos periodísticos publicados entre los años 1987 y 2000.

Revisando esa
Primera parte, leyendo allí "La ciudad y los huachos”, y muchos otros artículos, comprobé que Fuguet —contra lo que hasta hoy señalan muchos “entendidos”— ya escribía muy bien desde hace por lo menos dos décadas. Después de Missing (una investigación), Alberto Fuguet ya no tiene que demostrar nada a nadie. A nadie excepto a Mario Vargas Llosa.

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Porque ante el autor de
El lenguaje de la pasión y Cartas a un joven novelista, los amantes de la buena literatura, todos los que han escrito o pretendido escribir literatura o periodismo en las últimas cuatro décadas, y muy especialmente quienes crecimos a su benéfica sombra —como Alberto Fuguet, Iván Thays y tantos otros—, nunca dejaremos de ser hijos.

El mismo Thays lo señala en un texto que —curiosamente— forma parte de “La ciudad y los huachos”:


“...entonces era un adolescente y caminaba religiosamente a su antigua casa, en un malecón barranquino, para atisbar su biblioteca de cortinas abiertas y tratar de verlo revisando alguno de sus libros. Yo aún estaba en el colegio, pero ya quería ser escritor, o más bien un narrador, una persona que contase historias tan bien como me las contaba Vargas Llosa... y aunque Vargas Llosa nunca apareció como una sombra detrás de las cortinas para darme el consejo, el consejo ya estaba dado en su presencia invisible y la rutina del viaje hasta el malecón. Insiste, me dijo esa sombra. Y yo desde entonces, y espero que para siempre, insisto”.


Sí. Ante Vargas Llosa, los que nacimos cuando él ya era un autor leído en varios idiomas siempre seremos devotos pupilos, los más aplicados alumnos. Ante Mario, los que crecimos en los años setenta, ochenta y noventa seremos siempre voluntariosos adolescentes levantando la mirada hacia una casa que ya no existe más que en el recuerdo.


Esperando la sonrisa bienhechora, el visto bueno del padre.


Mirando hacia arriba. Siempre hacia arriba.



Nota: La imagen que ilustra esta entrada la capté en mi segunda visita a la exposición "Mario Vargas Llosa: La libertad y la vida". Por supuesto, es una pantalla de televisión en la que se apreciaba una serie de instantáneas que resumían la vida de Vargas Llosa. Pueden ver otras fotos de entonces en uno de mis álbumes de Flickr.

4 comentarios:

Darsaa dijo...

Admiro, envidio y anhelo la facilidad que tienes para escribir, excelente Blog. Estoy seguro de que el éxito que esperas está a la vuelta de la esquina.

C.S.Santisteban dijo...

Estoy de acuerdo con Darsaa, querido Mariano. Lindo texto.
Un abrazo enorme, siempre, con admiración.
César.

Mariano Orosco Zumarán dijo...

¡Muchas gracias, amigos!

César, si puedes, por favor haz llegar esta nota a tu amigo Iván.

Saludos a Lourdes.

Mariano

Anónimo dijo...

Muy de acuerdo con tus amigos.
Magnífico texto.
Camina muy seguro de ti.

Mirtha